¿Quién es Pete Towshend y cuál es su legado musical?

‘La gente trata de menospreciarnos, / sólo porque vamos donde queremos. / Las cosas que hacen parecen horriblemente frías. / Espero morir antes de hacerme viejo’. Los Beatles abrieron la espita del pop y los Rolling Stones trajeron la sexualidad a la música juvenil, pero The Who fue el primer grupo que consiguió capturar la rabia de la adolescencia y convertirla en canciones como ‘My generation’. Música tocada a un volumen brutal, con actuaciones salvajes que incluían el destrozo de instrumentos y letras sobre la confusión de la edad (‘I can’t explain’) y la imposibilidad de confiar en el amor (‘A quick one, while he’s away’ o ‘I can see for miles’).

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Una nueva generación con las hormonas efervescentes en la sangre encontró en la personalidad de los miembros del grupo el modelo de comportamiento que buscaban. Roger Daltrey, el cantante, era una fuerza de la naturaleza, guapo y de voz potente, a pesar de su baja estatura. A Keith Moon, el batería, le correspondía el papel de chalado, el colgado del grupo, capaz de aporrear los tambores como una bestia y de convertir el destrozo de habitaciones de hotel una de las bellas artes. John Entwistle, el único con formación musical, convirtió el bajo en un instrumento con unas posibilidades sonoras como no se habían visto hasta entonces. Y luego estaba el guitarrista, un tipo enorme y desgarbado de nariz gigantesca y gesto de ‘hooligan’. Pete Townshend, el hombre en cuestión, era el cerebro (quién lo diría) del grupo, el hombre destinado a cambiar la historia del rock.

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A pesar de haberse criado en un barrio ‘working class’, las inquietudes de Townshend le empujaron a aprender música de forma autodidacta y a llevar a The Who desde sus orígenes mod a terrenos inexplorados, sentando las bases de la ópera rock (con proyectos como ‘Tommy’ y ‘Quadrophenia’) e influir decisivamente en la configuración del heavy metal y en el posterior surgimiento del punk. De forma paralela, también desarrolló un interés por la literatura, que lo llevó a escribir varios relatos y artículos periodísticos, llegando a trabajar como editor de la casa Faber and Faber. Si a todo ello se le suma una convulsa trayectoria vital, se entenderá el interés por ‘Who I am’, su autobiografía, que ahora publica en español la editorial Malpaso.

El libro es la crónica de un hombre contradictorio, que rechazó la moda de la época de convertir las drogas en una forma de subversión, aunque luego cayese una y otra vez en la cocaína, el LSD y hasta la heroína. Un chico tímido y lleno de complejos, pero con delirios de grandeza. Un niño que sufrió abusos y que, ya anciano, fue acusado de posesión de pornografía infantil.

En ‘Who I am’ (titulado como la última gran canción de su grupo), Townshend dota de argumentos lo que en muchas ocasiones fue infravalorado como consecuencias de una edad del pavo no superada. Es el caso de su costumbre de destrozar guitarras en sus actuaciones. Una seña de identidad que confirma que la mitología del rock se construye sobre casualidades. Así relata cómo comenzó su relación física con la guitarra durante uno de los primeros conciertos: “La arrojo al aire con violencia y siento un estremecimiento repentino mientras el sonido se degrada de un rugido a un estertor: miro hacia arriba y veo el cuerpo fracturado de la guitarra, mientras la extraigo del agujero practicado en el techo bajo. En ese momento tomo una decisión repentina y, en un frenesí demente, vuelvo a arrojar una y otra vez la guitarra contra el techo. Lo que antes era una simple fractura, ahora es un astillado estropicio. Sostengo la guitarra ante el gentío con gesto triunfal. No la he machacado: la he esculpido para ellos”.

The Who, en su formación clásica.

The Who, en su formación clásica.

“Algunas personas contemplaron la destrucción como un ardid publicitario, pero yo sabía que el mundo estaba cambiando y estábamos mandando un mensaje. La vieja manera, convencional, de hacer música ya nunca iba a ser la misma”, se justifica el músico. Un signo de los tiempos: “Por primera vez en la historia una generación entera tenía la oportunidad económica y educacional de volverle la espalda a los trabajos alienantes, sin futuro, de sus padres, quienes, traumatizados por dos guerras mundiales, habían reaccionado amparándose bajo una conformidad protectora”.

Bajo este auge de esperanza, “los Who salimos a manifestar el gozo y la rabia de una generación que luchaba por la vida y la libertad. Aquella había sido nuestra tarea. Y con ella cumplimos. Primero lo hicimos con singles pop, luego con exhibiciones más dramáticas y épicas”.

“No estaba tratando de tocar una música que fuera hermosa”, explica en otro momento Townshend, “sino que confrontaba a mi audiencia con el sonido visceral, atroz, de lo que sabía que era la única verdad absoluta de nuestra vulnerable existencia: un día un avión soltaría una bomba que nos iba a liquidar en un abrir y cerrar de ojos”.

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Townshend también relata su relación con otros músicos, aunque su relato es menos jugoso de lo que esperarían los idólatras de la mitología rock. El guitarrista habla de Jimi Hendrix (“Hasta cierto punto, las actuaciones de Jimi eran deudoras de las mías -el acople, la distorsión, la teatralidad escénica-“), con quien le unió una relación de amistad y admiración mutua. También aparece Keith Richards, de quien dice haber copiado su característico gesto del molinete a la guitarra mientras le veía calentar para un ‘show’.

Aunque su conversión espiritual le llevó a hacerse seguidor de Meher Baba, el gurú indio que prohibía la ebriedad, el guitarrista también relata sus años de excesos tóxicos. Así, durante una gira, su ‘road manager’ le retiró “efectivo para cocaína por valor de 40.000 dólares. Yo nunca llevaba droga en los vuelos, de modo que debí de tirar mucha. Qué pasa, era rico”. Moon, que falleció en 1978 tras una sobredosis de un medicamento para curar su alcoholismo, y Entwistle, muerto en 2002 a causa de la cocaína un día antes de comenzar la gira de regreso de The Who, le habían alertado del poder de los estupefacientes. Aún así, una noche. “me lo estaba pasando de fábula… hasta que me desperté en un hospital de Chelsea con una inyección de adrenalina de 15 centímetros clavada en el pecho. Según parece, me habían encontrado inconsciente en los lavabos del garito con una sobredosis de cocaína. Estuve técnicamente muerto, pero afortunadamente me resucitaron a tiempo“.

Otro tema en el que Townshend no se explaya en exceso es el de los abusos que sufrió de niño. Con seis años, su madre lo mandó a vivir con su excéntrica abuela Denny, “una bruja” de moral turbia: “Recuerdo grandes y llamativos coches con las ventanillas medio bajadas. Recuerdo también vagamente a un hombre al que tenía que llamar ‘tío’, que era sordo de un oído, y que a veces se quedaba a dormir en casa. Lucía un bigotito hitleriano”. Todo aquel asunto le dejó “un poso de rabia y resentimiento”.

Roger Daltrey y Pete Townshend, los supervivientes

Roger Daltrey y Pete Townshend, los supervivientes

“En 1982, mi terapeuta me instó a que intentara adentrarme más a fondo en el recuerdo mediante la redacción de aquellos intercambios matinales”, evoca después. “Me puse a escribir, y a medida que empezaba a describir uno de los encuentros -el oficial de la Fuerza Aérea bajando la ventanilla, Denny que se acodaba-, recordé de pronto por vez primera que la puerta trasera del coche se abría. Empecé a temblar de manera incontrolable y ya no pude escribir más, ni recuerdo más. Mi memoria se bloqueó». Esta experiencia se tradujo en la letra de ‘A quick one, while he’s away’, una extensa pieza que acabaría originando ”Tommy’, la ópera rock sobre el niño ciego, sordo, mudo y víctima de abusos que acaba convirtiéndose en un mesías y en la que Towshend volcó muchas de sus vivencias.

Tampoco aclara en exceso el tema de su supuesta bisexualidad, aunque sí incluye una gráfica descripción de su admiración por Mick Jagger. “Es el único hombre al que de verdad quise follarme. Aquel día vestía esos pantalones holgados tipo pijama, sin calzoncillos; se echó hacia atrás un momento y no pude dejar de notar el bulto de la polla pegada al muslo, larga y rolliza. Mick estaba indudablemente bien dotado”. En otro momento relata una noche que le acogió en su casa su amigo, el periodista Danny Fields: “Me desperté por la noche, como en trance, y con Danny manoseándome todo el cuerpo, pero no lo repelí. Gocé con lo que me hacía, pero no dejé que me follara”.

En donde sí se explaya Townshend es en la parte donde cuenta su implicación en la ‘Operación Ore’ contra la pornografía infantil llevada a cabo en el Reino Unido en 2003. El músico se defiende explicando que tenía un proyecto de hacer algo sobre el tema: “Estaba preparado para hablar de lo impronunciable -pornografía infantil- desde la posición de alguien que había padecido abusos y sabía lo profundas que podían ser sus cicatrices”. Su idea “consistía en publicar un artículo en mi portal que ilustrara que la banca ‘on line’, las empresas de navegadores y los pornógrafos eran cómplices al enriquecerse con imágenes perversas de niños sometidos a abuso. En una ocasión utilicé mi tarjeta de Barclays en una página en la que un botón anunciaba (estúpidamente) ‘Presione aquí para pornografía infantil’. El importe era de siete dólares, e inmediatamente cancelé la operación”. Sin embargo, su nombre se hizo público y los tabloides y la opinión pública le condenaron, a pesar de que su caso se sobreseyó después. “Si en aquel momento hubiera tenido un arma me hubiera pegado un tiro”, explica en las amargas páginas finales del libro.